Este año, la organización dejó bastante que desear, influenciada sin duda, por el nuevo gobierno municipal, que no ha mantenido la línea ascendente de apoyo a la maratón que había impulsado la corporación anterior. Así, la recogida de dorsales fue trasladada desde el Pabellón de exposiciones en plena marina hasta un centro comercial de las afueras, perdiéndose la feria del corredor y la comida de la pasta. Además hubo una falta de información que ha roto la tendencia ascendente del número de inscritos, perdiéndose un 20 % con respecto al año anterior. Para colmo, se separaron los circuitos de las dos carreras, con lo que se perdió vistosidad y la posibilidad de animarnos unos a otros en carrera.
La Coruña amaneció con un día esplendido tras las lluvias torrenciales del sábado. Para no perder la costumbre, algunos elementos del estamento federativo de jueces quisieron una vez más tomar protagonismo permitiendo aflorar absurdos problemas que deberían estar más que resueltos en la era de las tecnologías. Eso sí, luego permiten ayudas descaradas a determinados atletas de élite en plena competición, que desvirtúan por completo el espíritu deportivo. Alguien debería decirles de una vez a esos jueces que su misión es facilitar el desarrollo de las pruebas, no entorpecerlo, y que desde luego por ese camino sólo van a conseguir acabar con lo poco que queda de atletismo federado.

Tuve la fortuna de encontrar a viejos conocidos de correr en Galicia, así como de entrar en meta con José Manuel Quintiá, el conserje del hotel Mar del Plata, en el que me alojé la noche antes, y que se portaron de maravilla conmigo. La carrera la cerró otro viejo conocido Juan Salvador, viniendo de su Benalmádena malagueña para demostrar que corriendo despacio también se puede disfrutar y ser todo un campeón.