miércoles, 25 de abril de 2018

MIS 115 MARATONES Y MAPOMA

Este domingo, finalicé en Madrid, la que es mi 115 maratón. Desde aquella primera de Pucela en 1983, solamente en cuatro de ellas, no estuve acompañado y apoyado por Raquel. Fueron las de Valencia en el 87 (estaba embarazada y el viaje desde Trives, se nos antojó demasiado largo), la del Valle del Nalón del 92 (que corrí aprovechando un congreso de medicina en Oviedo), la de Valtiendas del 2010 (ella se había quedado en Murcia de vacaciones) y ésta, en que por razones obvias, no ha podido ser.
 Quizás por ello, y por todas las circunstancias que rodean nuestras vidas en estos últimos tiempos, unas que nos llenan de zozobra y otras de ilusión y de esperanza, el caso es que me emocioné como pocas veces en los minutos previos a la salida. Me veía rodeado de miles de corredores (35 mil según la organización) pero me sentía solo, un poco fuera de lugar, preguntándome que hago yo todavía metido en estas fiestas, y de pronto me entró una congoja y una llorera que no era capaz de sofocar.
Y es que uno echa la vista atrás y se da cuenta de todo lo que hemos vivido en estos años, tantos viajes, tantos esfuerzos, ver nacer, crecer, marcharse de casa a los hijos... Hemos envejecido, casi sin darnos cuenta, jugando a esta tontería de sentirnos maratonianos. Pero la vida es así. A mi me gusta correr, siempre me ha gustado y creo que nunca dejará de gustarme. Por eso, me enjugué las lágrimas y cuando dieron el pistoletazo de salida dije para mis adentros, "venga Carlos, a correr, que es a lo que has venido".
Si algo he aprendido en estos años de maratones ha sido a regular el esfuerzo. Si en aquellas primeras de los ochenta, hubiera tenido la experiencia que hoy tengo, sin duda, mis marcas hubiesen sido mucho mejores. Pero entonces tenía más corazón que cabeza, y exprimía mis fuerzas hasta la extenuación buscando unas marcas que no terminaban de salir. De hecho siempre intentaba batir mis registros y estaba obsesionado con bajar de las tres horas. Muchas veces pasé la medio maratón en tiempos que así lo presagiaban, pero casi siempre terminaba caminando, arrastrándome y con la sensación de haber fracasado en mi objetivo. Sufrí muchas veces el famoso muro, el ataque del hombre del mazo, ese que te deja grogui, incapaz de reaccionar, de mantener un ritmo de competición que en condiciones normales llevarías sin esfuerzo alguno.
De las once veces que he corrido en Madrid, en la de 1987, y tras haber llevado gran parte del recorrido ritmos para bajar de tres horas y medía, igual que me había ocurrido unos meses antes en Valencia, acabé zombi, mal caminando, en poco menos de cuatro horas.
Volví en el 88, tras haber fracasado otra vez en Valencia (3h 26) y Barcelona (3h 32), dispuesto a bajar por fin de las tres horas. Pero en los días previos me atacó una ciática preludio de las hernias discales que me castigarían poco después. Viajamos el mismo domingo a la mañana desde Valladolid, con mis padres, y tuve que parar en una gasolinera para medicarme. Me debí cargar bien de analgésicos, porque no recuerdo que me doliese durante el recorrido. Mi hermano Javier había decidido no hacerla, pero salió para acompañarme en la segunda mitad, desde el Palacio Real en adelante. Gracias a eso, pude llevar bien el ritmo hasta la famosa subida desde el Calderón a Atocha por el paseo de Acacias. Eso sí, cuando llegamos al paseo del Prado, tuve que echarme a andar, tirando otra vez por la borda mi soñado objetivo. Al menos, acabé en 3h 25, mi mejor marca en Madrid, entrando en la meta del Retiro justo por delante del malogrado Toni Lastra, el mítico fundador del Correcaminos, organizador de la maratón de Valencia y Presidente que fue de la Asociación Mundial de Maratones (cargo que por cierto ha "heredado" el también valenciano, Paco Borau)
En el 2008, volví a correr la MAPOMA, coincidiendo con el debut maratoniano de Miguel Martínez. Allí fraguamos ese gesto tan nuestro de saludar a las cámaras, brazo en alto, y allí ya muy cerca de la meta, tuve que pararme en un bar por la parte alta del Retiro, para hacer aguas mayores, atacado posiblemente por una colitis desencadenada por el exceso de bebidas de esas, de extraños colorines. Eso hizo que me fuese a 4h 21 minutos, entrando en meta con algún retraso con respecto a Miguel.
Precisamente el calor de Madrid es otro de los componentes que dan mayor dureza a esta carrera, con la dificultad añadida de un recorrido muy duro, lleno de subidas y bajadas, que complican muy mucho, saber regular lo que hay que beber.
En aquellas primeras maratones madrileñas que organizaban un grupo de entusiastas, el dorsal se recogía en la Casa de Campo, luego en el antiguo matadero, más tarde en el pabellón de la pipa, luego en la caja mágica y últimamente en IFEMA. Desde hace unos años, la organización la ha asumido una empresa internacional americana que aúna maratón y rock and roll (algo que no acabo de entender qué relación guarda, porque a mi no me molesta, pero no entiendo si es que no se puede correr maratón si eres amante de la música clásica, pongo por caso). Supongo que son cosas del márketin, pero no  me gusta que me manejen como a un idiota, ni con estas cosas ni con nada (tampoco comparto que todas las carreras tengan que tener un fin benéfico para una ONG, contra las que no tengo nada, pero es que yo corro porque me gusta, sin más)
El caso es que en muchas de aquellas mis primeras maratones acabé agotado, frustrado, y en varias ocasiones, horas después, sentí vómitos, fiebre y un malestar físico, que no sé ni cómo me quedaban ganas de repetir (debía ser puro masoquismo). Me imagino que todo era fruto del sobreesfuerzo, la mala gestión de mis recursos físicos, deshidratación, golpes de calor etc, etc.
El caso es que todo este rollo viene a colación de que últimamente regulo mucho mejor mis esfuerzos, mantengo los ritmos, puedo completar el recorrido sin necesidad de caminar, y acabo mucho más entero y sin secuelas que antaño.
Este domingo amaneció una mañana muy soleada, con muy poquitas y tibias nubes, lo que hacía presagiar una vez más una mañana muy dura en Madrid. La salida, masiva como pocas veces he vivido (tal vez solo superada por la de los Campos Elíseos de París), no fue excesivamente caótica, pero evidentemente, el grupo se compacta y se colapsa cada vez que hay un estrechamiento, un giro, o una rotonda, enlenteciendo el paso del grupo. Los primeros kms, por la Castellana arriba camino de las torres de Madrid, se hacen duros, pero el buen ambiente y el humor reinante, todavía enmascaran esa dificultad.
Yo voy concentrado en tratar de mantener un ritmo por debajo de seis minutos y medio el km, con el objetivo de llegar a la medio maratón en torno a las dos horas y cuarto que marqué la semana anterior en Coruña, para luego jugármela en la segunda parte y ver qué soy capaz de hacer en la subida final. Todo lo que sea bajar de las cinco horas, será un éxito.
Como no tengo quien me anime ni me saque fotos, me he traído un móvil viejo, con el que en varios sitios trato de inmortalizar mi paso, con la sospecha, que al final confirmaré, de que las instantáneas van a dejar bastante que desear.
De los más de dos mil corredores que acabaron la primera edición de la MAPOMA allá por 1978, solamente quedan una docena que las haya completado todas. Esos héroes, auténticas leyendas del maratón, son ya corredores entrados en años y en ocasiones en kilos. Hacía el km 12, en una de las subidas, adelanté a Gregorio, uno de ellos, que ya había echado a caminar. Al verle por detrás, completamente calvo, uno no puede dejar de imaginarse cómo sería aquel chaval que completó la primera edición, posiblemente con una buena melena y una figura bastante más estilizada y menos artrósica que ahora. Paré a darle ánimos y proseguí mi marcha con un cierto sentimiento de identidad.
Una de las peores cosas de estas carreras tan masivas es el lío que se monta en los avituallamientos. Pese a que la organización había dispuesto más de medio km de mesas, la gente, sobre todo los novatos, tienden a tirarse a por las primeras botellas como si les fuese la vida en ello, cruzándose, parándose y provocando atascos de mucho preocupar. Yo, como perro viejo, trataba de abrirme y zafarme del caos para seguir corriendo hasta las mesas del final, pero no siempre era posible. Además, no sé qué pasa por la cabeza del personal que le da por arrojar todo al suelo allí mismo, con lo que el paso por esos puntos se convierte en una zona muy peligrosa, llena de botellas, mondas de naranja y de plátano, etc, etc. ¡Con lo fácil que es coger lo tuyo y tirar los restos en los múltiples contenedores que hay al efecto!
A partir del km 17, la carrera se parte en dos, y los maratonianos nos separamos de aquellos corredores que se enfilan ya hacia la meta de la medio maratón. A partir de ahí, el trayecto es más espacioso y se puede correr sin tantos apretones.
La carrera llega a la Gran Vía y en la plaza de Callao se pasa la medio maratón. Miro mi cronómetro y lo he clavado: 2 horas, catorce minutos y medio. Pienso para mí, "si pudiese doblar el tiempo, bajaría de cuatro horas y media", pero sé que eso es prácticamente imposible, y menos en Madrid. El calor aprieta y tras el paso entusiasta por la calle Preciados, La Puerta del Sol y el Palacio Real, donde el público se agolpa y jalea a los corredores, viene la temida subida de la calle Ferraz. Miro el reloj y veo que he sido capaz de mantener el ritmo, pero voy con ganas de hacer aguas. Decido que lo mejor es aprovechar la bajada hacia el Puente de los Franceses, para amortizar el tiempo que voy a perder.
Me pongo a ello y pese a que parece que tenía muchas ganas, apenas hago unas pocas gotitas. Se ve el sudor se ha llevado todo lo que bebo.
Por el km 25 adelanto a los globos de las cinco horas, que en la salida estaban una centena de metros más adelante. Acaban de ser sustituidos a mitad de carrera y a pesar de ello van hablando de lo duro que es llevar el globo a un ritmo constante.
Por fin entramos en la Casa de Campo, y se agradece un poco de sombra bajo los árboles. Ahora el pelotón es ya un reguero desperdigado de corredores, muchos de los cuales comienzan a dar muestras de fatiga y se echan a caminar. De vez en cuando hay alguno tirado en la cuneta con las asistencias tratando de ayudarles. La mayoría son tirones o golpes de calor. Me intereso por si hace falta ayudar y prosigo mi camino. He comenzado a recuperar posiciones y ya todo el rato voy remontando a participantes que decididamente lo van a pasar muy mal hasta llegar a meta.
Tras el tramo tedioso hasta el Calderón, viene ese kilómetro de transición que precede a los cuatro kms finales de subida. Me siento bien y el ir adelantando gente me da alas, como si tomase red bull.
Miro otra vez el crono y echo mis cuentas: si consigo mantener por debajo de siete minutos por km en la subida mejoraría mis 4h 38 de Coruña. Me aprieto los machos y me digo, Carlos, a sufrir y a disfrutar. ¡Vaya combinación de sentimientos! Se que no me tengo que dejar dominar por la fatiga, no pensar en la subida, no hacer caso del calor sofocante, tormentoso que empieza a respirarse.
Sigo adelantando gente y veo que cada vez son más los que corean mi nombre. Siento que la gente se da cuenta de que voy mucho mejor que la mayoría de los que me rodean, y por mi forma de correr, tan esforzada, mis años y mis kilos, me llueven las palabras de aliento. En un abrir y cerrar de ojos alcanzo y dejo atrás a los del globo de las cuatro horas y cuarenta y cinco, que va auténticamente fundidos.
Subo casi en volandas, aupado por los kms que han ido cayendo muy deprisa. Cada poco miro el reloj y siento que lo voy a conseguir. Cuando entro en la plaza de Atocha, ya sé que lo he conseguido. Ya pasamos el 41 hace un rato y ahora la subida es casi llana hasta la altura del Museo del Prado, donde este año han instalado la meta.
Decido que me lo he ganado, que voy a disfrutar ese medio km, para mí, para dedicárselo a los míos, a Raquel que esta vez no ha podido estar aquí, pero que sé que muy pronto volverá a animarme; a mis dos hijos, a quienes tanto quiero y que tantas veces desde muy niños me han aplaudido; a mis dos nietos, que aún ni se imaginan lo loco que está su abuelo, pero que algún día espero puedan acompañarme en mi locura; al resto de mi familia, en especial a mi padre, del que tanto aprendí y al que tanto echo de menos; y a mis compañeros y amigos del trotadas, que seguro a esas horas estarán pendientes de saber cómo me ha ido en la carrera.
Esos metros finales me dejo ir, los saboreo como pocas veces. Son 115 y he disfrutado como si fuese la primera vez. Cruzo la meta, miro al cielo y luego al reloj. Lo he parado en 4h 28 minutos y 11 segundos. Misión cumplida.
La de Madrid sigue siendo la mejor maratón de España, por eso creo que volveré el año 2019 y mientras siga teniendo fuerzas para afrontarla.

4 comentarios:

BaoEs dijo...

115 ENHORABUENAS y la Vida sigue...

ANIMO Don Carlos

SANTIAGO HITOS OLIVERA dijo...

Carlos ENHORABUENA CAMPEON eres como los vinos cada año mejor un fuerte abrazo amigo y a seguir sumando .

ALBERTO dijo...

Enhorabuena Carlos!!! Este año no nos hemos podido ver en Madrid, Ha cambiado mucho la carrera y para los lentos se está poniendo dificil.
A ver si coincidimos en alguna otra.
Un abrazo

Fer Vodi dijo...

Enhorabuena Carlos, y que nunca acabe esa bendita locura con la que tanto disfrutas y a tantos inspiraste e inspiras.